Condenados al eterno retorno

16 de septiembre de 2014 03:21 PM

13 0

Condenados al eterno retorno

La función por hacer, de la compañía española Kamikaze, basada en seis personajes en busca de autor, fue un broche de oro para la celebración de los 10 años de la reapertura del Solís

El miércoles el Teatro Solís cumplió diez años de su reapertura, tras la restauración más importante que tuvo en su historia, y para celebrarlo realizó una serie de actividades que incluyeron la presentación de una obra española, la cual se sintió como un broche de oro para esta jornada.

Porque La función por hacer, de Miguel del Arco y Aitor Tejada e interpretada por la Compañía Kamikaze, de la que ambos forman parte, demostró tener bien merecida la chapa de ser un espectáculo que revolucionó la escena española. Pero, además, en su reflexión sobre el teatro y la vida, se sintió como una elección atinada para el festejo de un recinto que aloja parte del mejor teatro que se hace en el país y que lleva 158 años en la vida de los uruguayos.

La obra –que se presentó el martes y el miércoles en la sala Zavala Muniz del Solís y el viernes en Maldonado– es una adaptación libre de Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello. La obra mantiene los aspectos básicos de la estrenada en 1921 en cuanto a la búsqueda de estos seres imaginarios para que alguien le dé realidad a su existencia. No obstante, esta versión dirigida por Del Arco realiza variaciones y se siente totalmente contemporánea.

La función por hacer comenzó en 2010 siendo casi un experimento escénico del teatro independiente español, que se exhibía en el horario de la medianoche, y poco a poco fue ganando el pulso del público hasta convertirse en un espectáculo multipremiado (obtuvo siete premios Max en 2011, entre otros galardones) y llevar cuatro temporadas siendo representada. Alabada por la crítica, la obra fue elegida por el periodista Marcos Ordóñez, del diario ibérico El País, como uno de los cuatro mejores espectáculos de los últimos 20 años en España.

El miércoles, en su última función en Montevideo –en un evento repleto de actores y distintas personalidades de la cultura–, los seis intérpretes lograron mantener en vilo a la sala, prácticamente sin escenografía (salvo por una mesa, una silla y un cuadro) y con los artistas entrando y saliendo del escenario, y haciendo uso de butacas y escaleras.

La obra comenzó en tono de comedia, representando la discusión entre un joven artista y su novia (Cristóbal Suárez y Nuria García), que se ha inspirado en ella para realizar un cuadro horroroso e intenta convencerla de su valía como pintor alegando que él trabaja con las “esencias”. Poco después irrumpen cuatro personas, quienes pronto se revelan como personajes en busca de un autor. “¿Vosotros no seréis de Agadu?”, preguntó para el deleite del público local el artista, quien en realidad era un actor ensayando una escena.

A partir de allí la obra se reconfigura y se centra en la tensión de esos cuatro seres y los dos actores, que oscilan entre el rechazo, la fascinación y la imposibilidad de apropiarse de los sentimientos de aquellos individuos a los que quieren interpretar.

La distancia entre la ilusión y la realidad, entre el ser y el representar son centrales en esta puesta, que problematiza estas dualidades y deja constancia de hasta qué punto unos personajes surgidos de la ficción pueden sentirse más verdaderos que nosotros mismos.

Pero también la obra trasluce el cómo todos encarnamos personajes a diario para poder vivir y cómo las máscaras que utilizamos pueden ser igual de carcelarias a la de estos personajes cuya condena es representar eternamente un mismo papel. Su incapacidad es la de reescribir las líneas de sus propias existencias, el no poder “salir del bucle”, como si se tratara de una versión siniestra de la película El día de la marmota (Hechizo en el tiempo).

Cada uno de esos personajes, que cuentan el conflicto amoroso entre dos hermanos y sus mujeres – e irrumpen en escena de mano de cuatro actores excelentes (Israel Elejalde, Bárbara Lennie, Manuela Paso y Raúl Prieto)- llevan la condena de la repetición de forma diferente. Porque mientras la mujer que personifica Lennie busca revivir su amor frustrado porque ese sentimiento es el que la mantiene viva, el hermano menor (interpretado por Prieto con un trabajo corporal en carne viva) solo quiere terminar con la condena del eterno retorno.

En la frontera entre lo real y lo representado cada uno encarna un arquetipo dramático diferente, lo que apunta en gran medida al teatro, pero habla mucho más (y eso es lo que convierte a esta obra en tremendamente movilizante) de seres de carne y hueso perpetuados a desconocerse a sí mismos y a reproducir la ficción de su vida en un eterno retorno naturalizado e inconsciente.

Fuente: elobservador.com.uy

A la página de categoría

Loading...